En este año 2026, se cumplen tres décadas de uno de los acontecimientos más tristes de la historia reciente de las hermandades y cofradías de la Semana Santa de Cabra. Una de las cofradías más pujantes, vivas, activas y prometedoras en los años 90, la Archicofradía de Jesús Nazareno se rompía en mil pedazos tras la imposición de una junta gestora por parte del obispado de Córdoba. Pero esta historia, manipulada en la mayoría de los casos, olvidada en otros, tergiversada en otros tantos, no es lo que nos ocupa, sino el reconocimiento a hombres y mujeres que han sido prácticamente olvidados, por mí y por algunos como yo, no.
Es imposible olvidar a grandes cofrades, enormes, humildes en lo material, ricos en lo humano, en lo moral, en lo honesto y en lo honrado. Personas inolvidables como Rafael Manjón-Cabezas Rojas, Paco Güeto, Salvador y Pepe “Peysa”, Isidoro Lama Castro, los hermanos Castro Borrego, Pepe Barranco, Pepe Mora, Miguel Blancas, Antonio Jiménez, Francisco Reyes, entre otros, hombres cabales, trabajadores incansables, obedientes a la iglesia, fueron expulsados de la Semana Santa y de su querida cofradía del Nazareno, como si fueran unos malhechores. Su recuerdo debe permanecer y más en tiempos de tribulaciones, de falsedades y de crápulas. Han pasado 30 años de aquella nefasta decisión de imponer una gestora y destruir una gran cofradía que reunía todos los ingredientes para haber sido el gran referente de las hermandades en Cabra. Pero muchos le dieron la espalda hace 30 años, se vieron fuera de algo sin entender el porque de aquello, y lo más sangrante, el por qué a ellos. Fueron hombres de fe y hombres de iglesia y sobre todo hijos del Nazareno, lo dieron todo por Él, su vida, su tiempo y su gigantesca personalidad.
Fueron cofrades que marcaron una época, que se marcharon de este mundo sin un mínimo atisbo de generosidad por parte de la sociedad cofrade de aquel tiempo y de ahora. Pero no sólo ellos sufrieron aquellas equivocadas decisiones, también los hicieron sus familias, sus amigos, sus más allegados que vieron como una injusticia se normalizaba y es más, se neutralizaba a los perjudicados. Algunos de los que se pusieron en el lado contrario de la historia, hoy siguen estando en posiciones de poder irreal, siguen pululando y probablemente sigan pensando que con su vehemencia injustificada hicieron un bien.
Hace 30 años se cometió una cruel injusticia con hombres y mujeres buenos, de buen corazón, de iglesia, personas que nos dejaron un legado humano imperecedero.
Mi recuerdo para todos ellos, algunos están, otros ya marcharon al lado de su Nazareno, de otros olvidamos sus nombres y de los menos, sus hijos o nietos, siguen mirando a Jesús con la cruz al hombro cada Viernes Santo.
Mientras haya alguien que os recuerde, vuestra memoria seguirá intacta.
Eduardo Luna

